La tradiciòn
de todas las pasadas generaciones golpea como una pesadilla en
los cerebros de los vivientes y propiamente cuando parece que
ellos trabajen a transformar a si mismos y a las cosas, a crear lo
que nunca ha existido, propio en tales épocas de crisis
revolucionaria ellos evocan con angustia los espìritus
del pasado para tomarlos a su servicio; les piden a préstamo
sus nombres, sus ordenes de batalla, su indumentaria, para
representar bajo este viejo y venerable travestimento y con
estas frases
prestadas, la nueva escena de la historia.
Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte
Antonio Todaro,
como Balanchine, pensaba que la Danza fuese un fin en sì misma y
que en sì misma encuentrase
todas sus razones de ser. El gran Hacedor del Tango moderno,
al par del gran Hacedor de la Danza moderna, con el
movimiento no se proponìa de expresar otra cosa que el
movimiento mismo; sin embargo, su visionaria concepciòn
del pas de deux, la celebraciòn técnica de los
fastos del cuerpo, los deslumbrantes precipitados de su imaginaciòn,
llegaron a develar la poesia y la intima belleza del gesto
humano màs que toda simulaciòn expresionista. Balanchine
debiò liberarse de los vinculos de la Simbologìa
del Ballet Clàsico, Todaro del sentimentalismo, que entre
todas los perniciosos armatostes abulonados al tanguero es
unanimemente el màs gringo. En el Tango verdadero,
el alma debe fluir con discreciòn y, cuando se sufre,
se sufre a escondidas. En este sentido, el tango de Todaro es
paradojalmente liso, si bién sofisticadìsimo: de
una pureza y de una nitidez tales de no ser disminuidas ni siquiera por
la evidente complejidad de sus formas.
A traves de los pasos, las figuras y las secuencias definidas
en cincuenta años
de Taller, Todaro dotò de léxico, sintaxis y vocabulario esencial
a la generaciòn màs revolucionaria de la historia del Tango bailado
(aquella de Petroleo, Finito, Cacho Lavandina). Las jovenes generaciones
en vez, màs pràcticas y mercantilistas, no se han dejado ilusionar
por los malentendidos de la patrologìa, ni por las "lungas procesiones" del
aprendizaje. Se han atribuido, esto sì, los titulos de sucesiòn
de los Maestros y han indebidamente manoseado el cofre de la heredad. El resultado
es que ahora los prodigiosos mecanismos mobiles Todarianos son rebajados en Corrientes
como en Broadway, en ciertas "sparkling variations" exentes de escrùpolos
ortogràficos, o en los euforicos nùmeros de atraciòn de
la milonga que mucho sirven a impresionar a la gilada.
Hasta el momento en que ha sido custodiado por el cuerpo vivo y colectivo
del baile, el primado de la Obra de Antonio Todaro no ha podido ser mancillado
por los mamarrachos de sus presuntos exégetas; ni siquiera la exelencia
de su magisterio ha podido ser abrogada por la incompetencia de sus
exportadores. Ahora, en cambio, que la Musa de Asfalto del Tango no habita
màs en la milonga, y que el estilo, sentido estético, elegancia
e invenciòn han cesado de ser las materias obligatorias del Ateneo Nocturno, las
fantasmagorias de Antonio se vuelven realidad màs asiduamente en las tablas
de teatros y festivales de danza que en las desvirutadas pistas de los clubes
de barrio: una mudanza preterintencional del naturalismo a la conciente ilusiòn
que todavia no ha engrupido Tersicoris a cerrar la sucursal de Villa Urquiza.
Balanchine pensaba, mientras Todaro estaba seguro, que toda la Danza tendiese
al pas de deux. En los territorios protegidos del Ballet, sus continuadores
en los ùltimos años han elaborado un lenguaje a la altura de este
cuerpo minimamente social. En los periféricos distritos del Tango en vez, para
nada expuestos al riesgo de subvenciones estatales, los continuadores de Todaro
propiamente de esa altura han partido. En los primeros, los cuerpos especializados,
e indeclinables, de los bailarines contemporaneos son alentados por el coreografo
a encontrarse en un abrazo a ellos extraños, y a expresarse, como en el
caso de nuestro predilecto Forsythe, en el movimiento que deriva del debate entre
un equilibrio forzadamente socializado y la Ley de gravedad. En los segundos,
los cuerpos verdaderos y terrenos de los tangueros, en ventaja porque de la infelicidad
y de la ausencia y del deseo son modelados, se completan en un abrazo que todo
explica y revela. Por una parte, el renovable Estado del Arte, para no decir
el Arte del Estado, de la danza de a dos; por la otra, la pareja milenaria que
nos habla de la verdad de la vida.
Gracias a Antonio Todaro esta verdad fué visible, tuvo finalmente gracia
y elocuencia; hoy resuena con el formidable glamour de la antiretòrica
en los espectàculos de la Nueva Compañia Tangueros de Mariachiara
Michieli, la cual ha creado en pocos años un repertorio que por lo menos
nos permite de discurrir, inclusive en el Tango, de coreografia y de composiciòn.
Lo que no es por cierto poco.
La heredad de Todaro pues, si bién truchada y contrabandeada en la
forma en que todos, enemigos incluidos, podìan aparentemente operar,
escondìa en vez un intrumento a otros destinado, una lima en el pan del
prisionero: sòlo quien la ha verdaderamente buscada, y por esto meritada,
ha podido enfìn apropiarsela y usarla para la propia liberaciòn.
El Moplo, Buenos Aires 2002
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